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FORMACION ESPIRITUAL

PIERRE FAURE

FORMACION ESPIRITUAL

El ser humano es un ente muy complejo que tiene un cuerpo animado por un espíritu. Pero es un ser único; no podemos romperlo y manejar separadamente cada una de sus partes de manera independiente como si no estuvieran íntimamente ligadas. Por ello hablar de la formación espiritual desligándola de la formación humana en general es un grave error.

El edificio de la formación espiritual se levanta sobre la base de una formación sólida de los otros aspectos humanos. Es por ello que antes de la formación espiritual, es necesario formar la voluntad, la conciencia, la inteligencia y la afectividad. Es utópico pretender una seria vida de oración sin el cimiento de una conciencia rectamente formada o de una voluntad fuerte. No se logra una vida íntima con Cristo si no se ha modelado previamente el corazón por el camino de una sana y madura afectividad. No se pueden penetrar adecuadamente los misterios de la Sagrada Escritura sin el apoyo de una inteligencia aguda, perspicaz, sutil. Lógicamente, en todo ello es el Espíritu quien va guiando al alma y el que va derramando sus dones y sus gracias para irlas santificando, pero es necesario el concurso de una humanidad completa que sea cimiento sobre la cual pueda levantarse seguro el edificio espiritual.

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SENTIDO DE LA VIDA ESPIRITUAL

Somos seres espirituales, es decir eternos. El espíritu no muere nunca. “El espíritu es el que da la vida, la carne no aprovecha para nada”

Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios: Es decir un espíritu divinizado. Esta semejanza es filial: Somos sus hijos. Somos templos del mismo Dios: “el Reino de Dios está dentro de vosotros” “Dios habita en nuestros corazones”

Todo esto da mucho qué pensar. Si todo esto es verdad, sería interesante valorar qué tanta atención, tiempo y cuidado damos a nuestra vida espiritual, es decir a nuestra vida eterna. Qué responsabilidad tan grande, como padres de orientar adecuadamente a nuestros hijos de cara a esa eternidad, de asegurar que ese hijo llega a su fin último habiendo cumplido con aquello que le permita llegar a la meta para la cual fue creado.

Haber dado más o menos comodidades, medios de formación intelectual, posibilidades de un desarrollo deportivo de calidad, medios de diversión y descanso es relativamente importante, pero haber descuidado la vida del espíritu, mantener anémica el alma de nuestros hijos, aunque sus cuerpos estén sanos y rollizos es un riesgo terrible y un cargo de conciencia que si tuviéramos la capacidad de entender la gravedad del mismo, ninguno quisiéramos tener.

El primer paso, por tanto, es el de entender de lo que se trata y dar a este punto la importancia que requiere.

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NECESIDAD DE LA VIDA ESPIRITUAL

Al igual que la vida del cuerpo necesita de sustento y alimento para sobrevivir y desarrollarse satisfactoriamente y debe ser cuidada en momentos de falta de salud, también la vida del espíritu necesita de ese alimento y de esa atención. No darlos en la debida proporción y con la frecuencia adecuada causa estragos graves en el alma: tibieza, mediocridad, superficialidad, indiferencia, desprecio por lo espiritual, endurecimiento del corazón y deformación de la conciencia. Es imperiosa y urgente la necesidad de dar una formación espiritual sólida, firme y segura a nuestros hijos que les proporcionen las herramientas necesarias para poder iniciarse con decisión en el camino del bien, de la búsqueda de la verdad, del amor a Dios y al prójimo.

ALGUNOS ELEMENTOS DE FORMACIÓN ESPIRITUAL

a) Sentido y conciencia de lo sagrado.
Enseñar a nuestros hijos a descubrir la presencia de Dios en medio de nosotros. Enseñar la actitud que se debe adoptar frente a Dios presente: adoración, humildad, agradecimiento, recogimiento, etc.

b) Vida de oración.
Entendida como un diálogo íntimo con Dios. Enseñar el verdadero sentido de la oración vocal. Enseñar a meditar. Aprender a recurrir de manera natural a Dios Nuestro Señor con actitud de agradecimiento por sus dones, especialmente por su amor infinito. Enseñar a pedir lo que conviene. Oración en familia: bendición alimentos, Sto. Rosario, devoción al Sgdo. Corazón, invocar al Espíritu Santo, ofrecimiento del día, examen de conciencia, etc.

c) Vida sacramental y litúrgica.
Enseñar el sentido de los sacramentos como signos de la gracia, como acciones de Dios, no como meros ritos o símbolos, sino como presencia real de Cristo que actúa en el alma de quien los recibe iluminándola, fortaleciéndola, vivificándola. Enseñar a vivir la Sta. Misa como centro de la vida del cristiano, como fuente de gracias inagotables. Posturas, recogimiento, concentración, fe.

d) Contacto frecuente con la Sagrada Escritura.
Dar a conocer a los hijos la Sagrada Escritura que es Palabra de Dios viva: “las palabras que os he dicho son espíritu y son vida” (Jn.6, 63). Contacto con la Persona y las enseñanzas de Jesús a través del Evangelio “que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rom.1, 6). Proporcionar a nuestros hijos el alimento frecuente de la Palabra: “no sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”< (Mt.4, 4), dedicando tiempos a leer en familia, a hacer alguna reflexión evangélica en común, explicando y haciendo comprensible el mensaje.

e) Catequesis.
Enseñar las verdades de nuestra fe a los hijos. Es difícil muchas veces llegar a amar a Dios por falta de un conocimiento profundo de las verdades fundamentales de la fe.

f) Vida ascética.
En el desarrollo espiritual es necesario pelear contra los enemigos de nuestra alma: mundo, demonio y carne y contra las tentaciones que por todas partes nos asedian, y para ello es necesario inculcar a nuestros hijos un trabajo de sacrificio y de abnegación: “la vida del hombre sobre la tierra es lucha” (Job.6 ). Pequeños sacrificios y renuncias que van disponiendo al alma para el combate por la santidad y van fortaleciendo el ánimo para la lucha. “El espíritu está fuerte pero la carne es muy débil” y por ello hay que mantener a raya nuestras tendencias al egoísmo, la soberbia y la sensualidad mediante una exigente y continua práctica de la mortificación cristiana.

g) Enseñar a nuestros hijos el valor del sacrificio.
Que nuestros sacrificios unidos a los de Nuestro Señor en la Cruz y ofrecidos por las almas son fuente de conversión y de redención para ellas. Aprender a ofrecer mis dolores, tribulaciones, sufrimientos físicos o morales como reparación del terrible mal del pecado que tanto ofende al Corazón de Jesús.

h) Vida apostólica.
Enseñar a nuestros hijos a descubrir a Cristo en nuestro prójimo, especialmente al que más necesitado está y motivarlos a dar, a ayudar, a preocuparse, a servir, a orar por ese prójimo. Acción social. Dar de mi tiempo, de mis cosas, de mi dinero: ir formando un corazón generoso. Visita a los enfermos. Testimonio.

i) Ejemplos vivos: los santos.
Enseñarles vidas de santos, ejemplos vivos de hombres y mujeres que se entregaron heroicamente en la práctica de las virtudes, que amaron a Dios y a las almas hasta dar su vida por ellos, que abandonaron fortuna, casa y a la propia libertad para ir a proclamar la Buena Nueva en tierra de misión, etc.

j) Espíritu evangélico.
Hablar, insistir, predicar sobre el verdadero espíritu del Evangelio que es total, radical. No minimizarlo, ni suavizarlo. Presentar el ideal cristiano tal cual es y empujar a nuestros hijos a aspirar a él por duro que pueda ser o por difícil que sea vivirlo. No permitir que el conformismo penetre en la vivencia de la propia fe haciéndonos caer en un catolicismo “light”. No dejar que nuestros hijos se lleven una idea errónea de lo que es la fe católica, pensando que es cosa de mujeres, de curas y monjas.

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